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¿De Cuál Tolerancia Hablamos?

A raíz de las discusiones acerca de la tan anunciada revisión del Código Civil, y de las propuestas para darle protección legal a preferencias y conductas sexuales, y los planteamientos basados en la llamada tolerancia, no podemos hacer otra cosa que empezarnos a preguntar: ¿Cuándo hablamos de tolerancia, de que realmente estamos hablando? Fuímos criados bajo la enseñanza de que la gente tiene diferentes opiniones sobre muchas cosas, y que las mismas deben ser escuchadas y toleradas, pero sólo aquellas ideas que fueran justas y correctas prevalecerían. En otras palabras, habrían personas que esgrimirían argumentos a favor del racismo, de la censura, de la explotación de la niñez y la mujer, y los escucharíamos, pero dichos argumentos serían totalmente inaceptables, porque dichas conductas no tienen lugar en una sociedad civilizada. Ahora escuchamos a personas decir que los puntos de vista que deben de ser toleramos y afirmados para que prevalezcan como norma social son aquellos los políticamente correctos, los que constituyen la moda o el pensamiento ultraliberal de algunos sectores de nuestra sociedad.

Es chocante el ver día a día, la propaganda que de un solo lado se le dan a temas en este país en diversos medios masivos de comunicación, sin darle la más mínima oportunidad a la parte contraria a exponer. Ver la facilidad con que personas, que dicen defender los derechos de unas supuestas minorías sexuales y que se llenan la boca hablando de tolerancia y discrimen, pueden salir a la palestra pública pidiéndole a las autoridades civiles del país que no le den oportunidad a grupos a expresar las ideas que van en dirección contraria a las suyas.

Damos gracias a Dios por las enseñanzas que nuestros padres nos inculcaron desde la niñez, a aquellos que nos enseñaron que teníamos derecho a cuestionar y a rebatir ideas. A aquellos que nos exhortaron a no rendirnos ante las fuerzas modernas de la censura que quieren suprimir pensamientos y palabras. Aprendimos de ellos y le enseñaremos a los nuestros que si usted piensa críticamente acerca de tal o cual religión, eso no lo hace a uno un antirreligioso. Que si tolera la homosexualidad, pero no la celebra, eso no lo hace a uno un homofóbico, que si usted hace distinciones de género, no por eso es sexista.

Hace muchos años atrás, un hombre en los Estados Unidos descubrió la receta para prevalecer sobre la subyugación de las etiquetas que le quieren imponer unos grupos elitistas a las personas que tienen ideas conservadoras. La receta es sencilla. Simplemente desobedezca. Pacíficamente, sin violencia, claro está. Le decimos a nuestra gente que cuando alguien se atreva a decirle como es que tiene que pensar y qué decir: confróntelo, no lo obedezca. ¿Por qué? Porque la inevitable consecuencia de la tiranía de las etiquetas y estereotipos contra los religiosos y conservadores en Puerto Rico es la demonización de sus personas e ideas. Persigue el fin de eliminar el discurso racional en asuntos que son importantes para nuestra vida nacional.

Tenemos que violentar las malas interpretaciones de lo que es separación de iglesia y estado. Tenemos que ser gente marcada por una verdadera intolerancia. No una que desate odios hacia personas o grupos, sino una que no esté dispuesta a tolerar el error disfrazado de verdad. Una que se atreva a llamar las cosas por su nombre, que se atreva a llamar a lo bueno, bueno y a lo malo, malo. Una que mantenga los cuentos absurdos y fantasiosos donde deben de estar, en el terreno de la ficción, no en el de la realidad. Una que no permita la politización de la historia con fines de adelantar opiniones o agendas personales. Una que se resista a ceder ante las tácticas intimidatorias de aquellos que han sido atrapados en una madeja de absurdos. Una intolerancia que deje un espacio abierto para todo aquel que no quiera creer en nada, pero que no socave los derechos a ejercitar su fe a aquellos que sí creen.

Vamos a defender la institución del matrimonio y la familia natural, a pesar de toda la crisis que pueda estar afectando a estas instituciones en el día de hoy. Educaremos para que la gente mire a su derredor y vean el resultado del experimento relativista. No han sido los religiosos fundamentalistas los que hemos corrido el sistema durante las últimas cinco décadas. Han sido los que hoy quieren seguir con su fracasado experimento social, añadiéndole al mismo otras agendas ajenas a nuestra cultura que agravará aún más nuestra crisis nacional. La asignación que tenemos todos los buenos puertorriqueños que creemos en la verdadera tolerancia es administrarle un buen purgante a todo nuestro sistema social, político y judicial. Ese purgante tiene nombre: se llama la verdad.

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